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EL CHARLATÁN DE LA REINA Dr. D. José María Suárez Quintanilla Profesor Titular de Cirugía Oral y de Historia de la Odontología Facultad de Medicina y Odontología Universidad de Santiago de Compostela Isabel II de Borbón, fue Reina de España de 1833 a 1868 y contrajo matrimonio el 10 de Octubre de 1846, con su primo Don Francisco de Asís de Borbón, para intentar resolver un conflicto dinástico. Esta unión, significó el principio de la decadencia de su Reinado, favorecido por su carácter extremadamente sensual, lo que le hizo acumular una larga lista de amantes entre los que figuraban el General Serrano, el compositor Emilio Arrieta, Carlos Marfori, José María Ruíz de Arana, los militares Puig y Moltó y otros personales de la Corte. Su marido, Dn. Francisco de Asís, para no ser menos, mantenía relaciones con Antonio Ramos Meneses, más tarde nombrado Duque de Baños con Grandeza de España. A pesar del clima de decadencia, que exhibía públicamente la pareja Real, durante su reinado llevaron a cabo numerosas visitas oficiales a las provincias del país, que le granjearon el afecto de todas las ciudades y villas que visitaron. La Reina Isabel II, su marido Don Francisco de Asís, el príncipe Don Alfonso y la Infanta Doña María Isabel, visitaron de forma institucional la ciudad de Lugo, los días 13 y 14 de Septiembre de 1858. Los Reyes procedían de Gijón y tras visitar El Ferrol, La Coruña, Betanzos y Guitiríz, llegaron a Lugo, donde el ayuntamiento había destinado 40.000 reales de los fondos Provinciales, para organizar los actos protocolarios, que se desarrollaron con gran brillantez, entre el fervor popular. A las doce de la mañana del día 14, la comitiva Real inició el viaje de regreso a Madrid por carretera, siendo despedidos por la Corporación Municipal, en el barrio de San Roque. En el trayecto entre Lugo y Los Nogales, la Reina se sintió de repente indispuesta por un intenso dolor de muelas, por lo que la comitiva Real se detuvo en el Mesón de Herbón. Varios miembros de su séquito, preocupados por el estado de la Reina, comenzaron a preguntar si en las proximidades existía algún dentista o médico que pudiera explorar a la regia paciente. Al no existir médico en ese pueblo, algunas personas presentes en el mesón, le indicaron que a menos de dos kilómetros vivía, Luis Antonio Becerra Chao, famoso curandero de la zona, natural de Villadicente. Luís Antonio Becerra recorría la mayor parte de las ferias de Galicia y León, atendiendo las más diferentes dolencias, extrayendo muelas y vendiendo jarabes y ungüentos específicos para el dolor de estómago y el reuma, lo que le había valido cierta reputación popular. Durante años, había mantenido una gran amistad con un médico de la zona, con cuya mujer se caso al fallecer éste. Quizá esta circunstancia, explica sus amplios conocimientos y la variedad del instrumental quirúrgico que poseía. Al conocer la presencia de la Reina, se presentó ante ella indicándole, que había servido a la Corona a los veintiún años, como voluntario en la compañía creada en Los Nogales para perseguir a los Carlistas. A continuación, y a pesar de que no tenemos pruebas documentales directas, Luis Antonio Becerra extrajo la muela de la Reina, quien agradeció aliviada y emocionada, el amor y la lealtad de su súbdito.
La intervención, realizada con gran destreza, consiguió calmar los dolores de la Reina, quien concedió a Becerra Chao la Cruz de la Orden de Isabel la Católica, convirtiéndose así, este curandero - charlatán, en uno de los primeros gallegos que poseía esa preciada distinción. En la actualidad, el retrato de nuestro protagonista, está conservado en el Museo provincial de Lugo, y en el cementerio de su pueblo natal hay una lápida en la que puede leerse: "Propiedad del Sr. Dn. Luis Becerra Chao, Caballero de la Real orden de Isabel la Católica, Falleció a los 86 años. 1900. TERCER CENTENARIO DE LA BATALLA DE RANDE Fréderic
Nabbe Degenkolbe
El 23 de octubre del año 2002 se conmemoró el aniversario del ataque anglo-holandés a la "flota de la plata" y su escolta francesa en la Ría de Vigo. El objetivo de este artículo es rendir un homenaje a todos los participantes en la batalla de Rande. Por ello, he tratado de resumir los hechos tal como vienen reflejados en la documentación histórica de los países que participaron en ellos. El rigor en los datos es el aval de los que nos aproximamos a la historia con respecto a los que fueron sus protagonistas, sin decidir responsabilidades ni aprobar actuaciones; simplemente relatándolas. "Je n'accuse, ni approuve, je raconte" (Talleyrand). Poco después del fallecimiento sin descendencia de Carlos II de España, el 1 de noviembre de 1700, Luis XIV de Francia, el Rey Sol, después de aceptar el testamento de su cuñado Carlos II, mandó a España a su nieto Felipe, duque de Anjou, segundo hijo del delfín francés. La proclamación de Felipe de Anjou como Felipe V, rey de España, fue el 24 de noviembre 1700, comenzando la dinastía Borbón en España y aumentando así la influencia francesa en el sur de Europa. Las palabras del embajador español Castelldosrios, en Versailles, a Luis XIV: "Sire, il n'y a plus de Pyrénées", reflejaban la situación de dominio francés en Europa. Los Habsburgos austriacos no estaban de acuerdo con el testamento de Carlos II, porque decían que su redacción no era la versión original, sino la dictada poco antes del fallecimiento del rey por el cardenal Luis Manuel Fernández de Portocarrero, arzobispo de Toledo. Según los Habsburgos de Viena, la corna española tenía que quedar en manos de un Habsburgo, porque para ellos era la línea hereditaria masculina más clara, como era tradición en esos siglos en las casas reales. El emperador Leopoldo I, cuñado de Carlos II, mantenía que, como parece que estaba previsto en el penúltimo testamento de Carlos II, su segundo hijo Carlos tenía que heredar la corona española con el nombre de Carlos III. El desacuerdo de Luis XIV de Francia y Leopoldo I de Austria sobre el testamento de Carlos II provoca la llamada "Guerra de Sucesión a la Corona Española (1701-1714)". Carlos III cambió en 1711 de opinión sobre la sucesión al trono de España, porque falleció su hermano mayor, el emperador José I y fue llamado a Viena para ser designado emperador del imperio de los Habsburgo como Carlos VI. Ingleses y holandeses, aprovechando la justificación de la guerra de sucesión a la corona española, lo que realmente buscaban era impedir que el poder en Europa quedase en manos de una sola dinastía real: la Casa de Borbón. Inglaterra reclamaba, además, en el inicio de su poder marítimo, una entrada en el entonces monopolio comercial español de América. Holanda no podía permitir que Francia ocupase las "ciudades barrera" en el sur de los Países Bajos españoles, donde había una guarnición militar holandesa.
Todos estos intereses cruzados provocaron el estallido de la guerra en 1702 entre la Gran Alianza - Austria, Inglaterra y la República de las Siete Provincias Unidas de los Países Bajos - por un lado y las dos coronas de la dinastía Borbón: Francia y España, por otro. El comienzo de la guerra coincidió con el viaje de la Flota de la Plata a la península. Luis XIV exigió a su nieto Felipe V como deuda de gratitud y "precio político" de su reinado satisfacción económica en forma de participación en los tesoros que procedieran de America en la Flota de la Plata de 1702. Como quiera que España no poseía en ese momento más que una pequeña armada, que además no estaba disponible para escoltar la flota de la plata, el rey de Francia, para garantizar que el tesoro que tenía que venir desde las Indias, llegase a Francia, mandó a las Indias Occidentales al vicealmirante François Louis de Rousselet conde de Châteaurenault, con una escuadra de la "Marine Royale".
A bordo de uno de los galeones se repatriaba, con toda su familia y enseres, el antiguo virrey de Nueva España, D. José Sarmiento y Valladares, Conde de Moctezuma y Tula. Este hecho sería también uno de los condicionantes casuales de la entrada de la flota de la Plata en la Ría de Vigo.
El convoy salió el 11 de junio de 1702 de Veracruz y entró "en ruta" en La Habana, donde se quedó unas semanas para mantenimiento e intendencia. Salieron los buques el 24 de julio de La Habana para el viaje de retorno a Cádiz. Como de costumbre, utilizaron el rumbo este por la costa norte de Cuba y después rumbo norte por la costa levante de Florida, para buscar los vientos del oeste después de pasar las "latitudes de cáncer". Contaba la Flota de la Plata con catorce galeones, protegidos por tres buques de guerra de la marina española: la nave capitana, que se llamaba: "Jesús, María y José" (70 cañones), bajo el mando del almirante D. Manuel de Velasco y Tejada, capitán gneeral de la flota: la nave almiranta. "Bufona" (54 cañones), bajo el mando de D. José Chacón, y un buque de azogue de 54 cañones, que retornaba de la "ruta del mercurio", bajo el mando de D. Fernando Chacón, hermano de José. Los catorce galeones tenían cada uno entre doce y cuarenta cañones de artillería. La escolta francesa la componían dieciséis "buques de línea" bajo el mando del vicealmirante de Châteaurenault a bordo de "Le Fort" (76 cañones). La travesía fue buena hasta que se manifestó la fiebre amarilla a bordo de casi todos los barcos, causando debilidad y pérdida de algunos tripulantes. Por este motivo, el almirante decidió interrumpir el viaje para dar un descanso a la tripulación en las islas portuguesas de las Azores. Fue en estas islas, donde llegó la primera noticia de que Inglaterra y Holanda se habían incorporado como aliados de Austria en la guerra de sucesión a la corona española. Los portugueses podían facilitar noticias recientes, porque ya tenían organizado un buen servicio de correos entre la metrópoli y sus colonias. Châtearenault se enteró entonces de que la flota enemiga anglo-holandesa al mando del almirante Rooke se encontraba cerca de Cádiz y por tanto era imposible llevar a la flota allí y que por otra parte a la altura de Finisterre estaba la escuadra enemiga del almirante Shovell. A bordo de "Le Fort" se celebró un consejo de guerra, en el que participaron los comandantes de los barcos franceses y españoles y el antiguo virrey de Nueva España. Châteaurenault sugirió ir a Brest para evitar tanto el almirante Shovell, como al almirante Rooke. Los franceses, obviamente defendieron la necesidad de hacer vela con rumbo a un puerto francés para garantizar que pudiese llegar la parte francesa del tesoro al rey Luis XIV. En todo caso, querían evitar una batalla ante el peligro de perder los galeones con sus ricos cargamentos. Los españoles no querían ir a un puerto francés, sospechando que, en ese caso, el tesoro no llegaría nunca a España. También existían ordenes muy concretas de la Casa de la Contratación: "En caso de que por cualquier circunstancia no se pudiese entrar en Cádiz o Sevilla la flota tenía que hacer rumbo al puerto vasco de Pasajes o a un puerto gallego sin especificar". El puerto de Pasajes con temporales duros y el otoño acercándose, parecía una mala sugerencia, porque implícitamente favorecía la posibilidad de hacer rumbo a un puerto francés cercano, con acceso más fácil que Pasajes.
Por eso, la mejor alternativa para los comandates españoles era un puerto gallego, es decir entre Cabo Phaselis (Silleiro) y Cabo Finisterre. Uno de los oficiales, el chef d'escadre Edme Elie Certaines de Fricambault sabía por experiencia que podía aconsejar Vigo, porque en el fondo de la ría había un pequeño estrecho defendido a ambos lados por fortalezas y baterías. Así sería también más fácil evitar el contacto con la escuadra del almirante Shovell, que probablemente estaría haciendo guardia a la altura de Finisterre, unas cincuenta millas al norte de Vigo controlando un posible rumbo de la flota a Francia. Por añadidura, el antiguo virrey de Nueva España, el conde de Moctezuma, era casualmente vecino de Saxamonde cerca de Redondela. Posteriormente se barajó la hipótesis de que el virrey había tenido interés en aconsejar la entrada en un puerto cerca de Vigo, para no tener que hacer un largo viaje desde Sevilla o desde Francia, ya que su mujer, repatriada antes que él, estaba en estado y podría dar a luz a corto plazo. No hubo duda en la decisión a tomar: hacer rumbo a Vigo. El 19 de septiembre, la flota reconoció la costa gallega sin otros incidentes. La carga que llevaba un galeón era muy superior a la que se declaraba oficialmente en la Casa de la Contratación. Un 20% de la carga de los "Galeones de España", formalmente, era propiedad del rey; el "quinto real". Estos galeones tenían obligación de salir y volver a Cádiz o a Sevilla.. La carga restante, más todo lo que venía sin declarar, oficialmente era para particulares. Con mucha frecuencia los galeones resultaban sobrecargados al traer muchas mercancías escondidas. Por eso era costumbre quitar peso eliminando cañones, munición y soldados. Estos detalles tuvieron gran influencia en el futuro de la Flota de la Plata del año 1702. Las autoridades de la Casa de la Contratación no querían descargar en Rendondela por miedo a crear un precedente y descubrir la realidad no oficial de la carga. Sin duda los españoles tenían un servicio muy bueno de información. No sólo sabían que la armada aliada, con tropas para la invasión, crearía una cabeza de puente en Cádiz, Puerto de Santa María, Rota o Gibraltar, sino que esperaban también un ataque a algún puerto gallego, que podría ser Vigo, Redondela, Pontevedra o La Coruña. En España se sabía que existía bajo el mando del almirante inglés Rooke una gran flota de invasión anglo-holandesa, con la intención de: por un lado, apoderarse de la península o por lo menos de una parte de Andalucía para el Habsburgo pretendiente a la corona española y conseguir para ellos mismos el dominio de la entrada y salida del Mediterráneo y por otro lado, atacar a la Flota de la Plata, que había salido de las Indias rumbo a Cádiz o a un puerto gallego. La gran flota anglo-holandesa, que había salido del Canal de la Mancha el 1 de agosto de 1702, bajo el mando del almirante Sir George Rooke, contaba con cincuenta buques de línea, treinta buques más pequeños, seis barcos hospital, y más que cincuenta barcos de transporte para las tropas terrestres: 10.000 ingleses y 4.000 holandeses. Esta flota navegaba después del fracasado ataque a Cádiz a la altura del Cabo de San Vicente. Además estaba la otra escuadra inglesa, al mando del almirante Sir Cloudesley Shovell, situada cerca del Cabo Finisterre. Ambos esperaban interceptar a la Flota de las Indias ya llegase con rumbo a Cádiz o a Francia. La Ría de Vigo parecía el lugar con más riesgo para un ataque de la flota enemiga y por ello a partir de julio 1702, la defensa de toda la costa desde las Islas de Bayona (Islas Cíes) hasta Arcade y Cesantes fue organizada, lo mejor que se pudo, por el capitán general, gobernador y superintendente general de rentas del Reino de Galicia, D. Gaspar Antonio de Zúñiga Enríquez, Príncipe de Barbanzón. A partir del 3 de julio 1702 se ocupó de organizar las milicias y, poco después, una guardia de costa en toda la Ría de Vigo. También reforzó el castillo de Rande y la fortaleza de Corbeiro, igual que en Vigo el Castro y la fortaleza de San Sebastián. La flota hispano-francesa anclaba el 22 de septiembre de 1702 en el fondo de la Ensenada de San Simón, entre Redondela, Cesantes y la Isla de San Simón. El almirante francés Châteaurenault se ocupó de la defensa de la bahía. Para impedir el paso de los barcos enemigos, construyó a la entrada del Estrecho de Rande una barricada de diez pies de anchura, formada por mástiles y vergas, atados por cabos y cadenas, que se mantenía a flote por medio de barriles y pequeñas barcas y fijada con grandes anclas para evitar desplazamientos por el viento y la corriente.
A ambos lados de la barricada, en las orillas del estrecho, estaban apostados dos buques de guardia; el "Bourbon" (70 cañones) en la orilla norte cerca de la fortaleza de Corbeiro y el "Espérance" (70 cañones) en la orilla del sur cerca del castillo de Rande. Al final del estrecho estaban anclados los trece buques de línea franceses en una formación de media luna de tal modo, que podían abrir fuego con todos los cañones de costado -"broadside" - a cada barco que se acercase a la barricada. Las baterías, en las dos orillas, del castillo de Rande y de la fortaleza de Corbeiro, estaban reforzadas con cañones de los navíos y listas para la defensa con fuego cruzado. También se organizó un servicio de mensajeros, tanto por mar como por tierra por toda la Ría de Vigo. Cabe recordar de nuevo que algunos de estos preparativos ya habían comenzado antes de la entrada de la Flota de la Plata en la Ría de Vigo. A la altura de Cabo San Vicente, Rooke dejó unos barcos en el puerto portugués de Lagos para cargar agua, siguiendo él mismo con su flota rumbo norte. "Se cuenta" que el capellán del buque inglés "Pembroke" (60 cañones) entró en una taberna de Lagos, donde se encontraba en cónsul francés. El capellán inglés, de origen francés, le invitó a tomar unas copas y quizás debido a los efectos del alcohol, el cónsul le contó presumiendo que la marina francesa era superior a todas, que había conseguido entrar en Vigo escoltando a la Flota de las Indias al mando de un almirante francés y que ya se estaban descargando sus impresionantes tesoros. "¡Todo esto mientras parte de la armada anglo-holandesa está todavía esperando por la flota de las Indias en el sur, cerca de Cádiz!", decía el cónsul francés. El capellán volvió rápido a bordo para relatar este encuentro al comandante, capitán Hardy y este levó anclas rápidamente e hizo rumbo a toda vela tratando de encontrar lo antes posible a la flota anglo-holandesa. Reconoció los buques a treinta y cuatro millas al oeste del cabo Finisterre y entregó los informes obtenidos en Lagos. Debido al mal tiempo, el almirante Rooke tuvo que esperar un día para reunir a los altos mandos en un consejo de guerra, donde se decidió intentar la captura de la Flota de la Plata. El almirante inglés Rooke, enfermo de gota, dudaba, pero el almirante holandés Van Almonde le convenció de que podía ser un botín potencialmente demasiado importante como para dejarlo escapar. Van Almonde relató que una vez, en las Indias Occidentales, había visto con sus propios ojos cuántas riquezas se cargaban en los galeones. Además informó que la Flota de la Plata de ese año era especialmente rica porque, en vez de ser una flota anual, era una flota que acumulaba mercancias de cuatro años sin envíos a España. Por último, el almirante holandés consideraba que era una oportunidad para compensar el fracaso de Cádiz y en vez de volver con las manos vacías, regresarían con los galeones llenos de riquezas. El domingo 22 de octubre de 1702 entró la flota anglo-holandesa en la Ría de Vigo por el canal del norte para evitar el fuego de los cañones del castillo del Monte Real en Bayona. Como es habitual en octubre, la Ría de Vigo estaba cubierta con una bruma que no levantó hasta poco antes del medio día. La bruma permitió a la flota anglo-holandesa para inadvertida hasta la altura de Cangas. La guardia de costa de Cangas fue la primera en reconocer la flota. Pensaron, que se trataba de la escuadra francesa, que esperaban procedente de La Coruña con víveres para las tripulaciones, pero después se dieron cuenta del error y comunicaron la alarma al gobernador y al ejército. Desde la playa de Cangas se disparó fuego de mosquetes y cañones ligeros que fueron contestados por los buques ingleses y holandeses con sus cañones, de tal manera que fue eliminado el fuego de costa. En Alcabre, el párroco contó las velas que entraban en la Ría de Vigo. Contabilizó más de doscientas velas, dato éste que está anotado en el "Libro de bautismos, matrimonios..." de la parroquía, que todavía hoy existe con el nombre de Santa Eulalia. La flota anglo-holandesa fondeó entre Cangas y Moaña y el almirante reunió otro consejo de guerra a bordo de su buque insignia, el "Royal Sovereign" (110 cañones) para decidir la estrategia de combate, que sería la siguiente: desembarcarían tropas en Teis y también en el norte, entre Moaña y Corbeiro, para alcanzar la parte posterior del castillo de Rande y en el norte la fortaleza de Corbeiro y comenzarían el ataque una vez que los buques hubiesen roto la barricada. El lunes, 23 de octubre, sobre las nueve de la mañana, cuando empezaba a despuntar el sol detrás de las montañas, con la marea bajando, un poco de niebla y viento flojo, desembarcaron en Teis, sin mucha resistencia, 4.000 soldados de la infantería de marina y tropas de tierra inglesas y holandesas, bajo el mando inglés del general James Butler duque de Ormonde y del general de brigada de la infantería de marina holandesa Carel Willem barón de Sparre. En la orilla norte desembarcaron otros 2.000 soldados, sobre todo holandeses. Las tropas en el sur hcieron un movimiento envolvente al castillo de Rande, para atacarle también desde atrás, donde era más débil. Además de las tropas de defensa del castillo de Rande había 8.000 soldados de las milicias regionales entre Vigo y Rande, que no ofrecieron mucha resistencia, por lo que, después de algunas escaramuzas, incomprensiblemente, se retiraron, disparando pero sin provocar muchas bajas y permitiendo a los soldados anglo-holandeses avanzar sin problemas. A raíz de estos hechos un grupo de valientes mujeres de la zona escribió una carta a la reina María Luisa Gabriela de Saboya, ofreciéndose a combatir, para que no se volviesen a repetir situaciones similares. Quizás la falta de motivación de las milicias o la codicia, intentando quedarse con algo del tesoro en vez de defenderlo, tuvieron más que ver con este hecho, que cambió el rumbo de la batalla, que con cualquier otra consideración. Debido a la poca resistencia que encontraron, las tropas anglo-holandesas recorrieron la legua (aproximadamente cinco kilómetros), que separa Teis de Rande, en una hora. Justo cuando aparecieron los primeros soldados anglo-holandeses delante de los muros del castillo de Rande, se abrieron sus puertas para dejar salir a la caballería española, que intentó una carga que fue rechazada. Inmediatamente entraron los atacantes al patio del castillo, donde asaltaron los edificios y la torre. Todo estuvo bien defendido por soldados de las tropas españolas y de la infantería de marina francesa. Costó tiempo acallar todas las baterías pero una vez ganada la batalla terrestres, fue mucho más fácil para la flota anglo-holandesa el paso del Estrecho de Rande y cambiar el equilibrio de la batalla de forma clara a su favor. En el norte, cerca de Corbeiro, se producían situaciones similares. Las tropas, que atacaron por tierra, tuvieron el apoyo de la artillería de los navíos holandeses de Van der Goes y del buque inglés "Association". La infantería de marina francesa defendió la fortaleza, pero poco a poco los anglo-holandeses se apoderaron de ella a pesar de la fuerte resistencia. Los atacantes consiguieron rendir la fortaleza y las baterías, haciendo prisioneros a los artilleros que no habían huido a las montañas. Dentro de la Bahía de San Simón no había mucho espacio para que pudiesen maniobrar muchos barcos y el almirante Rooke decidió mandar primero a los buques más pequeños y más tarde, si fuese necesario, mandaría al resto de la flota. Quince buques de línea ingleses y diez holandeses, divididos en seis grupos, tenían que realizar el ataque contra los quince buques de línea de la escuadra francesa, que escoltaba el convoy de diecisiete Galeones de España, todos cargados con tesoros. La vanguardia anglo-holandeses (grupos A y B) estaba formada por ocho navíos. El vicealmirante Hopsonn, que había cambiado su bandera del "St. George" (96 cañones) al "Torbay" (80 cañones), mandaba los cinco buques ingleses y el vicealmirante Van der Goes van Naters, a bordo del "Zeven Provinciën" (90 cañones), mandaba los tres buques holandeses. El poco viento existente esa mañana de lunes de 23 de octubre, hizo que los barcos tuvieran que fondear sin poder llegar a la hora prevista a atacar las baterías del castillo y romper la barricada. Por tanto, las tropas enviadas por tierra llegaron a Rande y ya tenían casi conquistado el castillo, cuando llegaron los buques. Hasta la mañana del ataque, Hopsonn tenía sus reservas sobre la posibilidad de romper la barricada con el "Torbay" pero cuando el almirante Rooke subió a bordo y observó la barricada, pensó que no era tan fuerte como Hopsonn temía y le ordenó, de nuevo, ir a toda vela contra ella; "¡slip and push for it!". Hopsonn se acercó a la barricada en línea de frente con los primeros dos grupos de combate: A y B. Cuando estaban al alcance de las baterías de tierra, el viento amainó y tuvieron que fondear otra vez todos los navíos. Debido al rumbo, no tenían mucha posibilidad de contestar al fuego de las baterías terrestres de Corbeiro, de Rande y de los cañones de los buques franceses, especialmente de los que estaban de guardia cerca de la orilla y la barricada. Hopsonn no tuvo más remedio que esperar con paciencia y pedir un poco de suerte. Después de una hora, repentinamente volvió al viento. Hopsonn cortó los cabos de sus anclas e hizo señales a los otros buques para que las cortaran también. Después arremetió, a toda vela, contra la barricada y la rompió, produciendo un ruido estruendoso. El "Torbay" fue el primer buque que entró en la Bahía de San Simón, siendo atacado por la artillería de los franceses por los dos bordos ("doubling"), con cañonazos de las baterías terrestres y de los dos buques de guardia en la barricada. La situación para el "Torbay" se hizo desesperada, mejorando un poco cuando entró en la bahía el buque holandés "Zeven Provinciën" y atacó fuertemente al "Bourbon", uno de los duques de guardia franceses que atacaban al "Tourbay" y a las baterías de las fortalezas terrestres, a las que logró silenciar eficazmente. Más tarde, el "Tourbay" fue atacado por el buque francés "Favori" (11 cañones), transformado en un brulote (barco ardiendo y cargado de materiales inflamables). Una bala derribó el palo trinquete del "Torbay". Este pudo distanciarse un poco del brulote, pero el fuego ya había prendido en los palos, vergas, velas, escotas y drizas, siendo imposible sofocarlo. De repente, se produjo una explosión inmensa y el "Torbay" y el "Favori" desaparecieron, fuera de la vista de los demás, durante bastante tiempo, envueltos en una nube de humo. Al incendiarse la carga de tabaco en polvo del "Favori" el fuego se extendió tan rapidamente, que consumía demasiado oxigeno, sofocando así por falta del mismo, parte del fuego del "Torbay", que a pesar de esto no evitó, que murieran cien de sus tripulantes por asfixia, intoxicados o ahogados al tirarse al agua. Después explotó a bordo del "Favori" el pañol de pólvora (la Santa Bárbara) y dejó el buque destrozado, hundiéndose y llevándose a muertos y heridos a las profundidades. Esto ocurrió instantes después de que el comandante del "Favori", el teniente Halis chevalier de L'Escalette, herido de muerte, ordenase a su primer oficial, que combatiesen "hasta el último hombre para defender el honor de la bandera francesa". El capitán inglés Stephen Martin, con el "Berwick" (70 cañones), que estaba bastante cerca del "Favori" en el momento en que se produjo la explosión, contaba que la presión fue tan grande, que la madera del casco de su barco cambió su color por el del tabaco en polvo. El "Torbay" se salvó, pero tan dañado, que el vicealmirante Hopsonn tuvo que cambiar de buque e izar su bandera en el "Monmouth" (70 cañones). El "Zeven provinciën" fue el segundo buque que cruzó la barricada para entrar en la Bahía de San Simón. Mientras que el vicealmirante inglés Hopsonn, a bordo del "Torbay", rompió la barricada para entrar en la bahía por el lado sur del Estrecho de Rande, por el lado norte el vicealmirante holandés Van der Goes con el "Zeven provinciën" y los otros dos buques holandeses del grupo B, se encontraron con menos viento que los ingleses al estar debajo de la alta montaña de Domayo (630 m), quedándose clavados en la barricada, al no tener suficiente inercia para romperla. En esta situación Van der Goes decidió dar a toda la tripulación una pinta con vino "fino" decomisado en le Puerto de Santa María para animar a los marineros. El efecto de la pinta de vino fue considerado fundamental para que, "con el cerebro más alegre" (Zaunslifer), una centena de marineros se descolgaran por la borda y saltando la barricada abrieran una brecha con hachas, cuchillos y sierras para posibilitar el paso de los navíos. Esto y la ayuda de algunas rachas de viento permitieron la navegación de los buques por el canal abierto en la barricada. En el tiempo que duró esta acción los buques holandeses fueron blanco ("sitting ducks") de los cañones de las baterías de Rande y Corbeiro y de los buques franceses. Hasta el momento en que atravesó la barricada Van der Goes no utilizó sus cañones, pero en cuanto la pasó, de inmediato ordenó una descarga con todos los cañones de sus costados, una y otra vez, con tal capacidad y velocidad de recargar, que no se recordaba nada igual. Al otro lado del estrecho, el almirante Hopsonn, al oír tan enorme estruendo de los cañones del "Zeven provinciën", pensó que en el buque de su compañero holandés había explotado la Santa Bárbara. El fuego de Van der Goes fue, junto con el ataque de las tropas terrestres, tan eficaz, que al poco tiempo las baterías de la fortaleza de Corbeiro quedaron destrozadas. Los artilleros de las baterías escaparon por la orilla de la ría y huyeron a las montañas. En ese momento los soldados de la infantería holandesa conquistaron la fortaleza. El "Zeven Provinciën" se acercó al "Bourbon", buque de guardia francés situado cerca de la orilla norte de la ría, al lado de la barricada. Después de un par de horas de dura batalla, esta se inclinó a favor de Van der Goes. En el enfrentamiento, el "Bourbon" tuvo cien muertos y el "Zeven Provinciën" veinte. El capitán Monbault del "Bourbon", con setenta años y "Chevalier de l'Ordre du Saint-Esprit", salió por una portilla de su camarote como último hombre de su barco. Los holandeses le rescataron del agua y le hicieron prisionero. Debido a su edad y rango fue tratado con todo respeto. Como solamente se podía navegar en una parte de la bahía, que no tenía más que una legua (tres millas) de perímetro, no había espacio para tantos barcos. No fue posible montar las "líneas de batalla", que era el sistema de ataque más utilizado desde mediados del siglo XVII, y que habían dado su nombre a los "buques de línea". La batalla en la bahía se parecía más al desorden ("mêlee") de las batallas antiguas, donde cada uno hacía lo que podía y "lo que su país esperaba de él". El campo de batalla tenia un aspecto complicado. Muchas nubes de humo y fuego de artillería entre barcos a poco distancia uno del otro, algunos incendiados, barcos desarbolados con tripulaciones saltando al abordaje y luchando hombre a hombre con pistolas y mosquetes. Al final de la tarde, el almirante francés Châteaurenault ordenó la retirada, que en este caso quería decir quemar y hundir los propios barcos, porque no había camino de regreso, ya que la flota anglo-holandesa ocupaba, con todas sus impresionantes fuerzas, la estrecha entrada de la Bahía de San Simón. El buque francés "Fort" (76 cañones), del almirante Châteaurenault, explotaba y el almirante daba ordenes a los otros buques para que quemaran o explotaran sus propios navíos. Así se alcanzó una victoria clara para la flota combinada anglo-holandesa. Poco después el capitán general de la Flota de las Indias, almirante de Velasco y Tejada, daba la misma orden. La confusión fue entonces en aumento. La flota anglo-holandesa, maniobrando entre los barcos ardiendo, intentó abordar y salvar la mayor parte posible de los cargamentos y tesoros. Por el calor del fuego se disparaban los cañones de forma espontánea y explotaban los pañoles de la pólvora. Entre los barcos destrozados aparecían los náufragos intentando nadar y llegar a tierra. En la orilla sur, las tropas terrestres anglo-holandesas, después de apoderarse del castillo, progresaron al fondo de la bahía. En la Portela se unieron con un tercer desembarco de tropas, dirigiéndose a Redondela. Al llegar, se encontraron con un pueblo fantasma. Todos sus habitantes habían huido a las montañas o habían buscado refugio en los "pazos" cercanos, mejor protegidos contra ataques. No fue difícil saquear toda la villa de Redondela, buscando restos del tesoro escondidos en muchas casas. En la bahía ocurrió lo mismo. Todo el mundo buscaba oro en los barcos apresados. Los franceses y españoles tuvieron 2.000 muertos y desaparecidos. Las tropas angloholandesas tuvieron 800 muertos y 500 heridos. Los barcos permanecieron ardiendo toda la noche del lunes y gran parte del martes. Los días siguientes los anglo-holandeses se dedicaron a recuperar lo mayor parte posible del botín. Bucearon para hallar restos en los barcos hundidos. Hasta muy entrada la tarde del martes, las nubes de humo invadían toda la bahía. Las tropas terrestres acamparon de ocho a diez días en Redondela, para hacer expediciones de pillaje por los alrededores, porque tenían información de que se había transportado parte del oro en carros de bueyes a las ciudades, pueblos y "pazos" fortificados. La parte real, el 20% de la carga, la "royal fifth", parece que llegó casi en su totalidad a Segovia, vía Pontevedra, Santiago, Lugo, Sobrado y Villafranca del Bierzo. Algunos carros fueron "confiscados" por las tropas anglo-holandesas en los alrededores, entre Pontevedra, Sotomayor y Porriño. El almirante Rooke levó anclas el 31 de octubre con 110 velas, llegando el 18 de noviembre, al "Estrecho de Dover" y se despidió en el Downs, cerca de Margate, del almirante holandés Van Almonde. Las demostraciones de alegría, al ver un botín tan grande, fueron enormes, tanto en Inglaterra como en Holanda. Se hicieron toda clase de celebraciones, con nombramientos nobiliarios, regalos y condecoraciones. El almirante Shovell, que esperaba a la Flota de la Plata a la altura de Finisterre, al no ser informado a tiempo, no llegó a la ría de Vigo hasta el miércoles 25 de octubre, día en el que fondeó a sotavento de las islas Cies. El almirante Rooke le encargó ultimar las actuaciones en la Bahía de San Simón: tenía que intentar salvar, además del tesoro, los cañones y la munición, y hacer inventario de todo antes de partir. Se quedó hasta principios de noviembre en la Ría de Vigo. El seis de noviembre desapareció la última vela de la flota anglo-holandesa detrás del horizonte. Uno de los galeones de la Flota de la Plata, el "Santo Cristo de Maracaibo", cayó completo y sin daños en manos de los ingleses. El buque "Monmouth" logró conquistarlo. No se permitió abrir las bodegas del barco español antes de llegar a Inglaterra. Se quería hacer en Londres para tener una valoración aproximada de la carga por barco, y así poder estimar la carga total de la flota. Desgraciadamente, el "Santo Cristo de Maracaibo" se fue a pique el primer día del viaje de regreso, con una tripulación del "Monmouth", probablemente al tocar una roca al sur de la isla de Agoeiro. El galeón se hundió en poco tiempo, perdiendo toda su importante carga y parte de la tripulación inglesa. Nunca fue localizado. El almirante Châteaurenault cumplió con Luis XIV de manera muy satisfactoria. Este hecho está muy claro leyendo las cartas del rey francés a su almirante. El rey le promocionó al rango más alto de Francia: Maréchal de France. En verdad, el almirante hizo muy bien sus deberes: el convoy de la Flota de las Indias llegó sin problemas a España, la parte del tesoro para los reyes de Francia y España se descargó a tiempo en Redondela y llegó al Alcázar de Segovia, y desde allí, Felipe V mandó la parte prometida a su abuelo en París. El almirante compró una bella propiedad en el centro de Francia, y no volvió al mar. Con una hoja de servicios impresionante, se retiró de la marina en 1702 y aceptó el nombramiento como gobernador de Bretaña. La tentación de hacer un análisis militar y llegar a sentar conclusiones, como resultado de motivos causales, es grande. En la Bahía de San Simón, había dieciséis buques franceses, cada uno de ellos con una eslora de unos cincuenta metros, para defender con su gran amplitud de fuego de costado -"broadside" - un estrecho de setecientos metros. Los atacantes no tenían más posibilidad que un rumbo perpendicular a la línea francesa. El clásico "crossing the T formation", en el Estrecho de Rande, era claramente ventajoso para los franceses, porque la capacidad de fuego de las proas de la flota anglo-holandesa, con pocos cañones, era insignificante en comparacion con la amplitud de fuego de costado -"broadside" - de los defensores franceses. Además, la había era demasiado pequeña para dejar entrar a más que veinticinco navíos atacantes, que, en todo caso, no podían pasar más que de cuatro en cuatro, por el estrecho de Rande. El almirante Châteaurenault renunció a la defensa, como escribe el almirante holandés Van Almonde a los Estados Generales: "Monsieur Châteaurenault perdió probablemente corazón y juicio, porque para la defensa de los buques del rey o para la conservación de la flota española no ha luchado para nada del mundo" (De Jonge), pero hay que relativizar lo anterior, leyendo esta frase con los ojos de un marino enemigo que escribe su cuaderno de bitácora. La explicación más probable es que el almirante Châteaurenault opinara que ya había cumplido su misión: El convoy estaba en España, la organización de la defensa de los buques estaba dispuesta, dentro de los medios y las posibilidades existentes, el oro para el rey español descargado y, sobre todo, la parte para el rey francés. Este tesoro estaba en transporte con la protección de militares en dirección a Segovia. También es posible que viese la imposibilidad de luchar por una victoria contra una invasión naval muy poderosa, cuando la misión fundamental estaba bien cumplida y la superioridad numérica impresionaba tanto que tácticamente, una vez perdida la batalla de tierra y vencidos los fuertes de ambas orillas, la batalla naval estaba perdida antes del comienzo. COMPENDIO BIBLIOGRÁFICO Arias, Plácido: En torno al desastre de
Vigo en 1702. Lugo 1944. |
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